Omulu y el coronavirus



Mirar a Omulu bailando mientras intentamos descifrar la fuerza oculta por su máscara y su vestimenta. ¿Qué estaría por detrás de este simbolismo plástico?  Surgido probablemente antes de la edad del hierro africana, las narraciones que relatan el origen de este orisha, confluyen todas en el mismo sitio y pueden ser así resumidas. Hijo de Nanán Baruqué, la más ancestral de las diosas del panteón orisha, fue abandonado por su madre por haber nacido con el cuerpo cubierto de llagas, situación que empeoraría cuando sólo, en una playa, fue atacado por cangrejos que le deforman todavía más su cuerpo. Adoptado por otra diosa, Yemayá, creció fuerte y se convirtió en un gran cazador y guerrero. Como los demás orishas, funda una dinastía. En el Nuevo Mundo, la historia de su aparecimiento se fundirá con la de otro orisha, Babalú Ayé, creándose una única potencia de culto.

Los orishas simbolizan las energías de las manifestaciones de fenómenos naturales. Los ríos, los bosques, las piedras, las tempestades, las lluvias y la tierra misma. Omulu es el representante simbólico de ésta última, y su energía rige los fenómenos asociados a las enfermedades contagiosas, sobre todo las que se manifiestan en la piel.

Los afrobrasileños dotarán a Omulu de una exquisita vestimenta hecha de paja, en muchos casos exuberante, compuesta de una capucha a modo de máscara que le cubre toda la cabeza ocultándole el rostro, y una falda hecha del mismo material, una rafia confeccionada con una palmera específica, sagrada. Todo el cuerpo está oculto.

Omulu, así como los demás dioses del panteón Yoruba, pertenece al universo de los denominados “mitos vivos”, y su culto sostiene, en las dos franjas del Atlántico, sociedades o grupos sociales que, en la dinámica puesta en escena en el diminuto territorio del “terreiro” o casa-santo, recrean, en cada ceremonia, el momento de su fundamento mítico. El sacerdote, o la sacerdotisa, a través de un estado de trance psíquico provocado por la música y la danza incorpora, aquí con la acepción más precisa del verbo latino incorporareunir una persona o una cosa a otra u otras para que haga un todo con ellas. Aquí unir el cuerpo del sacerdote con la energía del orisha. No es una representación. Es él que ahí está. La regla de vaciar los mitos de su metafísica y religiosidad, operada desde Jenofonte entre los griegos, en contraponer mito versus logos, no tiene sentido ni lugar cuando vemos bailar a Omulu, su ancestralidad renovada, contemporánea, totalmente comprometida con los eventos de la vida cotidiana de sus devotos, como hoy, en tiempos de coronavirus. ¿Pero qué misterios están por detrás de esta máscara?, ¿Cuál es su historia?


Como suele ocurrir con las máscaras africanas, ellas solamente tienen sentido cuando son puestas en movimiento. De otra manera, serían solamente objetos en exhibición en cualquier sala de museo. Necesitan moverse en la representación de su realidad más ancestral, en ceremonias. Mientras baila Omulu, con toda su arquitectura gestual, construida hace milenios, que narra las calamidades provocadas por enfermedades que diezmaron a cientos de miles de vidas pasadas, en el mismo gesto, ofrece la salida a la cura, a la vida sana. Vida y muerte, en la misma vorágine energética. Miro directamente a esta máscara y, silencioso, bajo la mirada respetuosamente. En seguida pienso en Mouawad, “sí, el ser humano es un misterio errante”.

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